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PERÚ
Olvidadas por el Estado central
Paolo Moiola
12/06/2018
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A orillas del río Putumayo, en la frontera con Colombia, viven diversas comunidades indígenas con mínimo acceso a servicios de salud y educación.

El Putumayo, cuya extensión es de 1,800 km, nace en Colombia y forma la frontera con Ecuador y Perú, hasta desembocar en el Amazonas, en Brasil.

Desde Soplín Vargas (distrito Teniente Manuel Clavero, provincia de Putumayo, departamento de Loreto) navegamos a lo largo del río hacia el sur durante 140 km. Cuando el río se encuentra con el río Angusilla, su afluente, hemos llegado a la comunidad kichwa de Nueva Angusilla.

El puesto militar —una pequeña casa pintada de verde y, delante, un letrero— se alza sobre un promontorio sin árboles. Pero la posición es perfecta: en la intersección de los dos ríos. Un poco más adelante, un grupo de adultos y niños esperan nuestra lancha en el muelle. Los carteles de bienvenida de los pequeños son para Mons. José Javier Travieso Martín: es una ocasión única porque el obispo reside en San Antonio del Estrecho, muy lejos de Nueva Angusilla.

El pueblo fue construido con una estructura rectangular: el lado libre mira hacia el río, en los otros se encuentran las viviendas. Las casas —hechas de tablas de madera y techo de hojalata o de ramas— se alzan del suelo aproximadamente medio metro.

En el centro, desproporcionada respecto del resto, está la construcción más moderna, llamada Centro de Servicio de Apoyo al Hábitat Rural, pero conocida por todos como “tambo”. Es un proyecto del gobierno peruano para hospedar, en los lugares más desfavorecidos, los principales servicios públicos: registro civil, crédito y asistencia técnica a los agricultores, consultorio médico, guardería infantil, consultoría jurídica y otros.

Sin embargo, aquí como en otros lugares, la instalación está, pero los servicios faltan o son muy escasos.

Sin apoyo
“Aquí hay 120 habitantes. Se vive de la agricultura y la pesca. Y también trabajamos con la madera con la que fabricamos tablas vendidas en Colombia”,  dice Eliseo, un habitante que se está dirigiendo hacia el local comunal —una estructura de madera abierta y con techo de ramas—, donde el obispo impartirá bautismos y comuniones.

El apu (cacique) es de estatura pequeña y rostro juvenil.

“Sí, soy el cacique”, se presenta. “Me llamo Jackson Kenide Mashacuri Andi y tengo 24 años. La población me eligió como autoridad aquí. Me gusta mucho estar con la gente para ayudarla a organizarse”.

Y con orgullo agrega: “He hecho el quinto grado de secundaria y, por lo tanto, puedo defenderme”.

Precisa que los habitantes son 117 personas que viven cultivando yuca y plátano y pescando para su propio consumo. Explica que como cacique forma parte de una organización llamada Federación Indígena Kichwa del Alto Putumayo Inti Runa (FIKAPIR)  que actúa como intermediaria con las autoridades estatales.

Sobre los problemas existentes, señala que “para la salud casi no hay apoyo. Para la educación estamos tratando de tener profesores bilingües. Ahora tenemos solamente maestros mestizos que no hablan nuestro idioma. Aquí la población habla kichwa”.

Los jóvenes también hablan kichwa, “lo hablan en casa, pero no en la escuela”.

La malaria vivax es endémica. En algunos momentos en la comunidad llega a haber 20 a 25 personas enfermas al mismo tiempo, dice. Hay posta médica, “pero no tenemos el técnico”. —Noticias Aliadas


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Jackson Kenide Mashacuri Andi, apu de la comunidad kichwa de Nueva Angusilla / Paolo Moiola
Noticias Aliadas / Latinamerica Press
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