Martes, 22 de Octubre, 2019
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ECUADOR
Sumak Kawsay como modelo de vida
Luis Ángel Saavedra*
02/12/2012
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Concepto del “buen vivir” indígena se puede adaptar a cultura occidental.

Comprender lo que plantea la cosmovisión indígena implica cuestionar las formas de la educación tradicional para afrontar la vida. Por ejemplo, saber diferenciar entre el “vivir mejor”, base del desarrollo occidental, frente al “buen vivir”, denominado como “Sumak Kawsay” en kichwa.

El “vivir mejor” es el paradigma occidental: implica progreso y acumulación de bienes. Este concepto tiene muchas alternativas, acordes con el estatus de los grupos sociales, pues para los pobres será el acceder a una mejor calidad de vida, lo que es legítimo. Sin embargo, para las elites, el vivir mejor será el conseguir más bienes y más poder. La clase media, por su parte, concentra sus esfuerzos en acercarse al nivel de vida de las elites.

En contraste, “el buen vivir [Sumak Kawsay, o Sumaq Qamaña en aymara] del mundo indígena implica un vivir ético, sobrio, tomando de la naturaleza lo necesario para la vida, sin perjudicar sus derechos, pues la naturaleza es considerada una madre viva”, dice Gerónimo Yantalema, indígena, integrante de la Asamblea Nacional, órgano legislativo del Ecuador.

En efecto, la armonía entre el derecho de la naturaleza y el derecho colectivo puede satisfacer el derecho individual; por el contrario, el cumplimiento del derecho individual, con sus particularidades en dimensión y profundidad, no siempre garantizará la vigencia del derecho colectivo, ni del derecho de la naturaleza.


La economía solidaria
Existen varios ejemplos de prácticas del buen vivir implementados desde hace décadas en Ecuador, como el de Salinas, un pueblo en el páramo de la provincia de Bolívar, en la sierra central ecuatoriana.

En la década de 1970 sólo era uno de los cientos de poblados indígenas sumidos en la extrema pobreza. Cuatro décadas después, Salinas es un pueblo lleno de empresas comunitarias que funcionan bajo una marca común: “El Salinerito”.

Se inició con una pequeña planta de lácteos en la casa parroquial y una tienda en un mercado popular en Quito, la capital. La idea fue la producción comunitaria, enlazando la fábrica con la pequeña producción lechera indígena y campesina. Si bien al inicio tuvieron el apoyo de la cooperación internacional, hoy funcionan 22 queseras asociadas en una cooperativa de producción.

“El Salinerito” no sólo es un verdadero consorcio empresarial que produce lácteos, pizzas, hongos silvestres, chocolates, turrones, textiles, y artesanía. Posee un pequeño ingenio azucarero y se dedica a la actividad piscícola y la comercialización de otros productos agropecuarios y se ha constituido en una red de economía solidaria que fomenta nuevos proyectos, capacitando a otras comunidades y participando en consorcios financieros y redes de comercialización.

Los excedentes se invierten en nuevos proyectos sociales que benefician a toda la población.

“Todo el pueblo es El Salinerito, pues todos somos parte de la producción, la comercialización y los beneficios. Esto empezamos antes de que se conozca lo que es el buen vivir y podemos decir que nosotros sí practicamos el buen vivir”, afirma uno de sus fundadores y actual administrador, Alonso Vargas.

En los páramos de la céntrica provincia de Cotopaxi se ubica otro pueblo, llamado Tigua, que, como Salinas, ha fomentado la producción comunitaria, esta vez alrededor del arte y la cultura indígena.

“Mi padre, mi abuelo y mis tíos abuelos empezaron a pintar en cuero de borrego, tal como lo hacían nuestros antepasados. Se pintó la historia y las costumbres de las comunidades de Tigua, y cuando se empezó a vender, todas las comunidades empezaron a vender, y ahora nuestro arte se conoce en todo el mundo”, cuenta Siza Toaquiza, joven pintora y cantante popular que pertenece a la tercera generación de los denominados “Pintores de Tigua”.

Tigua es otro ejemplo de producción comunitaria y apego a la madre tierra. El éxito internacional de su arte no ha provocado el cambio de sus costumbres; al contrario, ha hecho que las nuevas generaciones de indígenas ya no piensen en migrar y resalten las oportunidades que le proporciona el convivir comunitario.

“Mi padre, Alfredo Toaquiza, es conocido por ser pintor internacional indígena y es el presidente de la Cooperativa de Artistas de Tigua, pero sigue viviendo en la comuna porque también se dedica a la agricultura, porque nosotros mismos debemos producir nuestros alimentos, tanto para la familia como para la comunidad, porque eso es el buen vivir: aprovechar todo lo que nos da la tierra, pero que eso no nos cambie en lo que somos”, afirma Siza Toaquiza, quien a sus 19 años se ha convertido en un referente de la música popular indígena.


Primar lo colectivo
La cosmovisión indígena aplicada en el mundo occidental daría primacía a lo colectivo y resolvería algunos problemas que son consecuencia del modelo de desarrollo occidental, como el transporte.

Priorizar el transporte público, limitando la producción de autos particulares, reduciría los niveles de contaminación, ahorraría recursos naturales, provocaría una redefinición de la industria automotriz y la reconfiguración de los planes viales; ayudaría a nivelar las balanzas de pagos entre países ricos y países en desarrollo, liberando rubros para invertirlos en líneas más acordes con el buen vivir, como salud y educación; e incluso se reduciría el ruido, tornando a las ciudades más amigables.

De igual forma, la estructura comunal que ha permitido la sobrevivencia de los pueblos indígenas puede ser aplicada en el diseño de barrios comunitarios.

Según Javier Alvarado, coordinador de la Confederación Nacional de Barrios del Ecuador (CONBADE), “los programas de gobierno deben mirar la capacidad barrial para la dotación de insumos, como alimentación y vestuario para las escuelas aledañas; delegar la administración de recursos, como el agua, y la implementación de sistemas de mercado comunitario”.

La CONBADE mantiene una propuesta nacional para la conformación de gobiernos comunitarios en barrios urbano-marginales, lo que facilitaría la inversión social coordinada entre autoridades locales y la representación barrial.
En el plano del desarrollo tecnológico, al ligarlo al servicio del ser humano, se evitará la acumulación de poder y la acumulación de capital basada en la apropiación y secuestro de saberes.

“El conocimiento es colectivo y el acceso es libre. La inscripción de patentes es ajena a la cosmovisión indígena, pues implica la apropiación particular de algo que solo pertenece al colectivo”, asegura el asambleísta Yantalema.
Estas y otras aplicaciones prácticas a la vida de nuestras sociedades implican una reorientación de las formas de pensamiento, pues el Sumak Kauwsay, más que un modelo económico, es una propuesta de transformación cultural; es repensar las formas de sobrevivencia y volver a valorar la matriz comunitaria como principio de vida. —
Noticias Aliadas.


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Salinas, poblado indígena en que proliferan empresas comunitarias constituidas en red de economía solidaria. (Foto: www.salinerito.com)
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