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ARGENTINA
El azote de los transgénicos
Andrés Gaudin
13/11/2008
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Soja transgénica genera degradación del suelo, concentración de la tierra y migración campesina.

En un mundo que sigue demandando productos transgénicos, en especial soja destinada al consumo animal, el bloque del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), con Argentina a la cabeza, se consolidó como el mayor granero mundial, con una cosecha de 105 millones de toneladas de esta leguminosa (72% de las provisiones globales) en el 2007, relegando a EEUU, hasta 2006 el más grande entre los grandes proveedores.

Aunque las organizaciones campesinas, aborígenes, de cooperativas familiares y grupos ambientalistas del Cono Sur advierten los riesgos que conlleva la agricultura del monocultivo sobre el empleo y la pobreza, la soberanía alimentaria, la salud, el clima y la degradación de los suelos, los gobiernos de esta subregión impulsan los cultivos de transgénicos —organismos genéticamente modificados (OGM)— porque este año los impuestos a las exportaciones de soja, trigo, maíz y girasol les permitirán recaudar un total cercano a los US$70 millardos.

La gran demanda mundial que llevó a la “sojización” de la Argentina se afianzó cuando surgieron grandes consumidores, como China e India, y en coincidencia con la decisión de varios gobiernos europeos que, para detener la epidemia de la llamada “vaca loca” obligaron, ya a principios de este siglo, a la eliminación de las harinas de hueso y vísceras ovinas de las raciones para aves, cerdos y vacunos y su reemplazo por la harina de soja, explicó el agrónomo argentino Jorge Rulli.

En los primeros cultivos de los años 60 del siglo pasado, la soja tradicional no presentaba atractivos para los productores: no era requerida en el mercado mundial y su cotización era inferior a la del trigo y el maíz. A mediados de los 90, hizo irrupción la variedad transgénica patentada mundialmente por la empresa estadunidense Monsanto. En Argentina, la multinacional la impuso “sensibilizando” a los productores con una oferta tentadora: semilla más herbicida a un precio menor al que pagaban por cualquier otra semilla.

A esto se sumó un gran atractivo para los productores: que las semillas transgénicas de las multinacionales son inmunes al glifosato y otros herbicidas patentados por ellas mismas, lo que llevó a la implantación de la ‘siembra directa’, que no exige rotación de cultivos y demanda muy escasa mano de obra, según explica la investigadora argentina Reneé Isabel Mengo en el artículo titulado “República Argentina: Impacto social, ambiental y productivo de la expansión sojera”, publicado en febrero de este año en Ecoportal.

Los impulsores del sistema destacan como una de sus supuestas virtudes el que para su siembra no es necesario remover el suelo sino arrastrar una sembradora provista de pequeños abresurcos por los que cae la semilla. En efecto, se siembra sobre los rastrojos de la cosecha anterior —porosos y volátiles en el caso de la soja— y se echa abundante herbicida porque los OGM son aptos para ello.

Drama social
Pero los impulsores de la agricultura transgénica no se preocupan por el drama social que genera: migración y pobreza, junto al deterioro del medio ambiente.

Los expertos coinciden en que la siembra directa demanda un uso obligado y creciente de herbicidas, lo que provoca la desertificación biológica del suelo y la expulsión de los pobladores rurales hacia las áreas marginadas de las grandes ciudades, y como el cultivo se optimiza cuando se realiza en megaextensiones, desemboca en un inevitable fenómeno de concentración de la tierra en cada vez menos manos.

“Es alto el precio a pagar. En la siembra directa no hay laboreo, lo que pudo verse como una práctica benéfica terminó mal: produce compactación de la tierra, acumulación de residuos orgánicos que no pueden ser mineralizados, disminución de la temperatura del suelo, reducción del nivel de nitrógeno, alteraciones en la microflora y la microfauna y destrucción de la vida bacteriana —permite la proliferación de hongos que impiden la mineralización de materia orgánica—, destruyendo la fertilidad del suelo”, dice Mengo.

Distintos estudios oficiales llegan a reveladoras conclusiones:

  • ocho de cada 10 desocupados del cinturón de pobreza de las tres más grandes ciudades argentinas —Buenos Aires, Córdoba y Rosario— son campesinos desplazados por la soja;
  • con la desaparición del 24.5% de las explotaciones agropecuarias —4 millones de hectáreas— entre el 2002 y el 2007, se produjo un agudo fenómeno de concentración de la tierra en manos de inversores extranjeros y sociedades anónimas;
  • la necesidad de ganar nuevas tierras para el cultivo de la soja ha hecho que en sólo cinco años –entre el 2002 y el 2007– se talaran 1.1 millones de hectáreas de bosque nativo, un pulmón natural destruido a un pavoroso promedio de 760 Ha cada día;
  • por las mismas razones, la soja ha desplazado a la ganadería de sus áreas históricas y el país, productor tradicional de carnes, vio caer su stock ganadero de 54 millones de cabezas a mediados de los años 90 a menos de 44 millones en la actualidad;
  • la siembra directa lleva al uso desmesurado de herbicidas.

Respecto al uso de herbicidas, aunque no hay datos oficiales, Mengo estima en su investigación que en este momento los suelos agrícolas deben de estar recibiendo no menos de 140 millones/año de litros de glifosato y una cantidad similar de otros herbicidas prohibidos en el mundo —atrazina, 2,4-DB, paraquat, imazetapyr—, usados para matar las malezas que se han vuelto resistentes al glifosato.

Cóctel tóxico
La soja transgénica no está recomendada en una dieta humana, según pruebas científicas recopiladas por la Sociedad Argentina de Pediatría: inhibe la absorción de calcio, hierro, vitamina B-12 y zinc, y entre los problemas detectados más preocupantes está la pubertad temprana en las niñas, posiblemente vinculada con los altos niveles de fitoestrógeno de la oleaginosa.

Estudios realizados en la universidad pública de la norteña provincia argentina de Formosa revelaron un pronunciado aumento de la incidencia de cáncer en poblaciones cercanas a los cultivos de soja fumigados con glifosato, así como la destrucción de la producción ancestral de alimentos (animales y vegetales) de la que dependen las comunidades aborígenes de esa y otras provincias de la Región Norte.

Las plantaciones de soja son invadidas por lo que se ha dado en llamar el “complejo de insectos”, y para exterminarlo las empresas productoras de OGM —las multinacionales Monsanto, Syngenta, Basf, Cargill, Nidera, Bayer, Dow Chemical, Dupont y muchas más— aconsejan el uso de grandes dosis de endosulfato y cipermetrepina, una mezcla letal para las abejas y los peces y muy tóxica para las aves.

“Ese cóctel tóxico recomendado por el monopolio sojero ha roto el equilibrio agrícola”, dice Rulli, quien explica que a causa de esa mezcla de cipermetrepina y endosulfato se registra una verdadera catástrofe social y alimentaria por la reducción de producciones tradicionales (leche, trigo, miel y carne) y la desaparición de otras (lentejas, maíz dulce, arvejas, zanahorias y distintas variedades de papas y batatas).

Mengo hace una síntesis dantesca sobre el auge de los transgénicos: “El ecosistema es afectado por este sistema de contaminación: las gaviotas y otras aves desaparecen por la falta de roturación de la tierra y las liebres mueren por envenenamiento, las perdices ponen huevos estériles, las lombrices que oxigenan la tierra se mueren, hay áreas donde los pájaros ya desaparecieron, junto con los cuises y las mariposas. El hombre que vivía de la miel que le daban sus abejas ya no está donde siempre, porque sus abejas murieron o emigraron”. 
—Noticias Aliadas.


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