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ARGENTINA
Niños contaminados con glifosato
Andrés Gaudin
29/03/2007
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Productores de soja utilizan mano de obra infantil en fumigaciones.

Los plantadores de soja, máximos beneficiarios del boom agropecuario más formidable de la historia económica argentina, se valen de niños para realizar las tareas insalubres del fumigado del campo, donde los menores hacen de banderilleros para indicarles a los aviones y otros aparatos el área donde deben esparcir los agrotóxicos.

La denuncia de los vecinos del poblado de Las Petacas, en la provincia central de Santa Fe —474 km al norte de Buenos Aires—, presentada en setiembre del 2006, fue recogida por un grupo de senadores que forzó a una inspección del Ministerio de Trabajo, que en diciembre confirmó visualmente, y a través de testimonios, que los niños laboran entre 12 y 14 horas por día, por una paga mínima, sin elementos de protección ni advertencia a los padres sobre el riesgo que corren.

“Se trata de una práctica criminal, pues los niños banderilleros quedan expuestos a ser rociados con los productos químicos —glifosato, especialmente— que han sido desarrollados para matar las malezas que nacen junto a los sembradíos de soja, una oleaginosa cuyas semillas han sido tratadas genéticamente para resistir la acción de esos mismos agrotóxicos que ‘llueven’ sobre los chicos”, dijo el agrónomo Jorge Rulli, vocero del Grupo de Reflexión Rural (GRR), organización no gubernamental que promueve la revalorización de la vida rural y las producciones tradicionales.

Los niños —el mayor de los entrevistados por los inspectores de trabajo sólo tenía 14 años— son reclutados por los propios productores, que se encargan de llevarlos a los campos. Allí se paran a una distancia de 20 m uno del otro para indicar la franja que deben fumigar los llamados “mosquitos”.

Los “mosquitos”
El “mosquito” es un gran tanque autopropulsado diseñado y fabricado en Santa Fe al influjo del boom de la soja. Tiene una cabina vidriada donde, protegido de los productos empleados en la fumigación, se encuentra su conductor. Con cuatro patas de 150 cm montadas sobre grandes ruedas y dos brazos horizontales de 10 m cada uno, tiene el aspecto del insecto que le ha dado el nombre.

Cada vez que el “mosquito” llega a uno de los extremos del sembrado, los agrotóxicos mojan las ropas y cuerpos de los niños.

En sus folletos de venta, el fabricante indica que el “mosquito” cuenta con “una computadora y un dispositivo de posicionamiento satelital que le permite establecer el lugar exacto ya trabajado, de forma de evitar la superposición del fumigado, controlar la cantidad de litros de pesticida que se emplea por hectárea, hacer la mezcla exacta del producto de acuerdo con la fórmula indicada por los técnicos para cada caso y guardar esta información en la computadora”.

Lo llamativo es que los cientos de “mosquitos” que se ven en el campo argentino no cuentan ni con la computadora ni con el dispositivo de posicionamiento satelital con los cuales se podría evitar el uso de los niños banderilleros.

“Lo que ocurre es que este equipamiento cuesta US$3,000 y los productores abaratan costos usando a los chicos”, dijeron los Vecinos Autoconvocados de Las Petacas.

A los niños no se les provee de ropas especiales, cascos y máscaras para este trabajo; deben llevar el alimento y el agua de sus casas y al cabo de 14 horas de trabajo reciben una paga de 0.20 pesos ($0.06) por cada hectárea fumigada.

Las Petacas es un típico caserío rural de las áreas sembradas con soja, un cultivo que avanza sobre las zonas pobladas, bosques y tierras antiguamente dedicadas a la ganadería, y que ocupa un mínimo de mano de obra, por lo cual es un poderoso factor de emigración. Según el Censo Nacional de 1991 había allí 1,256 habitantes; hoy apenas quedan 800 personas.

El glifosato (Roundup Ready, según su nombre oficial) es un herbicida desarrollado por la multinacional Monsanto. En Argentina, donde el área sembrada aumenta año a año y en el 2006 se cosecharon 45 millones de toneladas —el doble que en 1996 y a un precio de mercado que pasó de $170 la tonelada a poco más de $200—, se consumen 204,000 TM de agroquímicos por año, de los cuales el 85% es glifosato.

Peligroso para la salud
Investigaciones de la Facultad de Ciencias Bioquímicas (FCB) de la estatal Universidad de Rosario determinaron que el glifosato es responsable de múltiples enfermedades y no debe ser esparcido a menos de 1,000 m de cualquier sitio donde se desarrollen actividades humanas, dijo el bioquímico Federico Poggi.

El glifosato es cancerígeno y en los seres humanos y los animales, además de envenenamiento, produce irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, múltiples formas de reacciones alérgicas, dolor abdominal, pérdida masiva de líquido gastrointestinal, daños renales, arritmias, destrucción de glóbulos rojos y pérdida de conciencia, explicó Poggi.

La descripción del experto de la FCB coincide con lo que les ocurre a los pobladores de Las Petacas, donde en los últimos cinco años —los años del boom de la soja— han muerto de cáncer 42 personas, 6 de ellas en octubre del 2006, y decenas padecen el mal, entre ellos el intendente del lugar, Miguel Ángel Battistelli, mientras un estudio ordenado por los Vecinos Autoconvocados del lugar arrojó que el 50% de los pobladores padece algún tipo de alergia.

“El glifosato mata todas las plagas que nacen junto a la soja, y los seres humanos no somos biológicamente muy distintos a las plagas, por lo que si nuestros niños resultan contaminados el resultado va a ser similar al buscado en la producción: los matarán”, señalaron los Vecinos. “Este tema de las fumigaciones compromete gravemente el perfil institucional del país, porque una Argentina democrática no puede permitirse semejante genocidio”, reflexionó Rulli.


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Un "mosquito" en acción, rocia
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