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ARGENTINA
ESMA, un lugar para no olvidar
Paolo Moiola
13/05/2010
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Ex centro clandestino de detención es ahora el Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos.

Por la Avenida del Libertador, al norte de Buenos Aires, ante los edificios blancos y los jardines de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) se han construido condominios altos y lujosos. Quién sabe cómo será salir a los balcones de aquellas viviendas y tener delante de los ojos lo que fue un centro clandestino de detención y exterminio, donde Argentina perdió una generación entera de jóvenes.

La ESMA no es un lugar para estar orgullosos. Muchos argentinos —principalmente los que pertenecen a las numerosas organizaciones de derechos humanos—, lo han convertido más bien en un lugar simbólico, testimonio de la locura humana pero también instrumento para la promoción y defensa de los derechos humanos. Todo esto está sintetizado en un gran cartel: “Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos”.

En el ambiente de la portería, un mapa colgado de la pared resalta los centros clandestinos de Buenos Aires. Las flechas indican dónde se encontraban algunos de los centros más famosos: Automotores Orletti, Olimpo, F. Franklin, Virrey Cevallos, Club Atlético, y, claro está, la ESMA. En aquellos años en Argentina llegaron a haber hasta 600 establecimientos de detención y exterminio clandestinos, muchos de ellos transitorios. El número de campos permanentes fue de 340.

La junta militar no dejó nada al azar para completar lo que denominó “Proceso de reorganización nacional”.

Las visitas a la ESMA, programadas y completamente gratuitas, son coordinadas por voluntarios del Instituto Espacio para la Memoria. La guía Mariana Croccia toma a su cargo el pequeño grupo compuesto por personas de varias nacionalidades. En el camino por el interior de esta pequeña ciudad, Croccia se detiene de pronto ante el mapa del lugar y hace una presentación.

El terreno pertenecía a la Armada argentina desde 1924, en que lo recibió del Gobierno de Buenos Aires, a fin de que lo utilizase para fines educativos. La Armada hizo allí una escuela para suboficiales, donde se enseñaban técnicas de guerra naval pero más tarde también técnicas antisubversivas, que fueron puestas en práctica durante los años de la dictadura.

Tras el golpe de 1976, el entonces comandante en jefe de la Armada, almirante Emilio Eduardo Massera, convirtió parte del establecimiento en un eficientísimo centro de detención clandestina.

Con el retorno de la democracia se inició una larga batalla legal y política para arrebatar la ESMA a la Armada. Cosa que se cumplió ocasión del 28º aniversario del golpe, el 24 de marzo del 2004, aunque parcialmente porque recién se abrió al público en octubre del 2007, luego de completada la desocupación del predio y los edificios que pertenecieron a la Armada.

“El funcionamiento de los centros —explica Croccia— fue reconstruido sobre la base de los testimonios de los sobrevivientes, porque los represores se han atrincherado dentro de un pacto de silencio muy fuerte. Tanto que todavía hoy no se ha encontrado una lista de los desaparecidos ni se saben los nombres de los niños que fueron robados en aquellos años”.

Las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura siguen siendo una herida abierta en Argentina, aunque el país ha dado grandes pasos para someter a los opresores a la justicia.

El 6 de mayo, España extraditó a Julio Alberto Poch, ex piloto naval, quien enfrentará cargos de haber operado los llamados "vuelos de la muerte", en que los prisioneros políticos eran atados y arrojados vivos desde los aviones al océano Atlántico. Está acusado de los vuelos donde fueron asesinados un periodista de alto perfil y dos monjas francesas. Previamente muchos de los prisioneros políticos habían sido retenidos y torturados en la ESMA.

El 19 de abril se inició también juicio por violaciones a los derechos humanos a oficiales que trabajaron en la ESMA.

“Subversivos, sin Dios y sin Patria”
Normalmente, la visita abarca un solo edificio, el más moderno (es de 1950), conocido como Casino de Oficiales, donde se alojaban los altos mandos cuando provenían de otras bases navales y donde eran traídos los “subversivos”, personas “sin Dios y sin Patria” —estudiantes, sindicalistas, profesores, periodistas, religiosos, mujeres y hombres—, según el incuestionable juicio de los golpistas.

El palacio tiene tres pisos. El primer y el segundo piso funcionaban como dormitorios para los oficiales. Los lugares más utilizados por las actividades de los represores eran el tercer piso, la capucha (el ático), la capuchita (una dependencia construida más arriba) y el sótano.

“Aquí dentro las personas eran reducidas a su mínima expresión”, explica Croccia.

Además de la violencia para desintegrar físicamente, se infligía humillación sistemática y cotidiana, como en el ático del tercer piso. Se le llamaba capucha porque a los secuestrados que eran encerrados aquí los tenían encapuchados. Además del saco negro sobre la cabeza, las personas eran atadas de pies y manos y tenían un número en lugar de nombre. Los prisioneros llegan a la capucha después de haber sido interrogados y torturados en el sótano, lugar al cual regresaban al momento del traslado.

La parte del piso opuesta a la capucha era usada como pañol y pecera. La pecera era una serie de oficinas donde se realizaban tareas de diverso género (elaboración de un archivo informativo, redacción de documentos, entre otras). Para estas labores se utilizaban los prisioneros que habían sido seleccionados para seguir el denominado “proceso de recuperación” a una vida occidental y cristiana, según lo entendían los militares. El pañol era a su vez el espacio donde se acumulaban los bienes de los secuestrados: muebles, electrodomésticos y todo tipo de bienes de algún valor. Pero el “botín de guerra” más insoportable era otro.

Las subversivas embarazadas y el hurto de recién nacidos
En el tercer piso se encontraba también el ambiente donde las “subversivas” embarazadas iban a dar a luz. Es pequeño, angosto, vacío, aparentemente insignificante. Pero basta la indicación en el cartel —Habitación para las Embarazadas— para comprender el horror. Los recién nacidos eran de inmediato sustraídos de sus madres para ser dados en adopción a familias de militares o de personas próximas a los golpistas. Se calcula que fueron 500 los niños robados en los diversos centros clandestinos: el más terrible “botín de guerra” de la dictadura.

De éstos, un centenar han sido reencontrados gracias a las Abuelas de Plaza de Mayo que bajo la consigna “No te quedes con la duda”, vienen desarrollando desde hace muchos años una labor investigadora extraordinaria para la localización y restitución a sus legítimas familias de las niñas y niños secuestrados desaparecidos por la represión política. En febrero pasado, su obstinación llevó a ubicar a Francisco Madariaga Quintela, “nieto recuperado 101”, quien a los 32 años de edad pudo conocer y abrazar a Abel Madariaga, su verdadero padre.

Para llegar al sótano se bajan 10 gradas. Se entra en una estancia, que en el tiempo de la dictadura estaba dividida en varios espacios: la sala de tortura, una oficina de falsificación de documentos, un laboratorio fotográfico, una enfermería, una sala para la guardia. Antes de devolver la ciudadela de la ESMA al Gobierno de Buenos Aires, la Armada hizo muchos cambios en los edificios, y en éste particularmente, para eliminar un poco de los testimonios de aquel vergonzoso pasado. Pero no ha bastado para cancelar la memoria del lugar ni para evitar que algunos de los responsables hayan sido llevados a juicio. Recién en abril pasado se han iniciado los procesos judiciales contra 19 militares y civiles de la ESMA.

Al sótano eran llevados los secuestrados apenas llegaban a la ESMA. Y aquí sufrían un primer interrogatorio en el cual la tortura era instrumento esencial. Si la persona sobrevivía, era transportada a la capucha.

Cuando los prisioneros eran llevados de regreso al sótano era para ellos el inicio del fin. Los traslados, que habitualmente sucedían una vez por semana, eran justificados como transferencia a otras sedes. Pero en verdad las personas eran subidas a aviones, para ser arrojadas al Río de la Plata o al océano.

De los infames “vuelos de la muerte” ha hablado incluso el ex capitán de corbeta Adolfo Scilingo —condenado en España a más de 1,000 años de cárcel por delitos de lesa humanidad—, que con su confesión ante el juez español Baltasar Garzón rompió por primera vez el pacto de silencio de los militares. El oficial ha contado que las personas eran sedadas con una inyección de pentotal, embarcadas en los aviones, desnudadas y luego arrojadas vivas al mar. En la ESMA este fue el método más utilizado para hacer desaparecer los cuerpos de los secuestrados.

Otro tristemente célebre oficial de la Armada y torturador, Adolfo Donda, llegó a decir a una secuestrada de la ESMA durante su interrogatorio: “Esta es una guerra. En la guerra no se puede ser blando con el enemigo. Es así: o vencemos nosotros o vencen ustedes, por eso conviene que cuentes lo que sabes”. El resultado de esa guerra queda claro: por la ESMA pasaron cerca de 5,000 personas, y sólo 200 sobrevivieron.
—Noticias Aliadas.


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ESMA, el más emblemático de los cientos de centros de reclusión clandestinos creados por la dictadura militar (1976-83) argentina. (Foto: Paolo Moiola)
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